Asesoramiento familiar 
Para conseguir el desarrollo óptimo del potencial de los niños y niñas, consideramos imprescindible la participación de las familias en nuestro proyecto educativo. Por este motivo, la labor de orientación y asesoramiento familiar ocupa un lugar destacado en nuestra labor diaria, ofreciendo información y formación en la maravillosa tarea de "ser padres".

El período de adaptación
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Con su incorporación al Centro, vuestro pequeño pasa a formar parte de nuestra gran familia, este hecho nos llena de orgullo y agradecimiento por vuestra elección, a la vez que de responsabilidad para no defraudar vuestras expectativas.

En el entorno escolar el niño va a encontrar nuevas posibilidades de enriquecimiento de experiencias para desarrollar su proceso de socialización porque está formado por espacios y materiales, pero también por relaciones e interacciones que crean un ambiente propio que lo identifica y dota de carácter propio. Pretendemos que el Centro se convierta en un espacio mágico que le ayude a desarrollar todas sus capacidades disfrutando de la convivencia con adultos e iguales.

Para conseguir este objetivo, garantizamos un ambiente que ofrece seguridad, calidez, confianza y afectividad. Disponemos de espacios acogedores para los niños, con un clima que facilita el encuentro y la comunicación, que estimula la exploración, la experimentación, la creatividad, etc. Pero, sobre todo, que acepta los intereses, las necesidades, los sentimientos, las emociones y los estados de ánimo de cada uno, para que todos puedan sentirse aceptados, queridos y valorados.

No sólo los niños participan del proceso de adaptación, la familia y el Centro iniciamos una nueva relación y seguimos un proceso de adaptación mutua. Tened presente que vuestro hijo no se adaptará hasta el momento en que vosotros os adaptéis también a la nueva situación. Esperamos estar en contacto permanente con vosotros para establecer unas pautas de comportamiento comunes de modo que el niño viva pautas educativas similares. Es evidente que los mensajes que reciba no deben ser contradictorios en la etapa en cuál se está construyendo su personalidad y precisa de unos modelos de imitación estables con los cuáles identificarse.

El niño, durante los primeros días de su escolarización, experimentará una serie de cambios en el comportamiento. Tenemos que ser conscientes de que pasará de estar en un medio en el que es el principal y único protagonista, a otro en el que tendrá que convivir, compartir y relacionarse con iguales. Además se incorporará a un nuevo ambiente donde personas, espacios y materiales le resultan desconocidos.

El repertorio de conductas que van desde los llantos y rabietas en la entrada, negarse a dormir o comer, mostrarse triste o demasiado apegado, etc., no deben provocar en vosotros sentimientos contradictorios de desconfianza, miedo o ansiedad que os lleven a sentiros culpables porque el niño pueda sentir que le abandonáis. En la edad del niño es normal que se oponga a cualquier cambio que no le agrade, que sienta como amenazante cualquier situación que desconoce, que pueda creer que no volverá a veros y que emplee todo tipo de recursos para no enfrentarse a esa situación.

Para que la adaptación del niño se realice de forma totalmente satisfactoria, es necesario que los padres confiéis plenamente en el Centro y en su educadora, y que estéis convencidos de que la escolarización es positiva él. De este modo podréis transmitirle la tranquilidad y el entusiasmo por asistir al “cole”. La educadora del niño programa actividades específicas y extraordinarias para que en el primer período de asistencia vuestro hijo recupere la seguridad en sí mismo necesaria para que su comportamiento sea natural y espontáneo, es decir, que su asistencia al “cole” sea satisfactoria en el menor plazo de tiempo posible.

Día a día iremos descubriendo pequeños indicios de aceptación, tal vez el llanto intenso se limite a la hora de entrada y al veros en la salida, aún no dispone del lenguaje necesario para haceros saber que la separación le provoca ansiedad y que el volver a veros le ocasiona una inmensa alegría.

La adaptación del niño va a depender del tipo de relaciones sociales que haya establecido con anterioridad (si tiene hermanos mayores, las posibles relaciones con iguales, la costumbre de quedarse con otros adultos que no sean los padres o los abuelos, permanecer en otras casas distintas a la suya sin estar los padres, etc.). Los padres excesivamente protectores o que transmiten expectativas negativas ante la escolarización (inseguridad, ansiedad, diferencia de opinión entre los cónyuges sobre la conveniencia de asistir al Centro, la desconfianza ante las posibles actuaciones de la educadora, etc.) van a dificultar enormemente que el niño se adapte al ámbito escolar.

Los peores momentos para comenzar la escolarización son aquellos en los que los niños se hayan enfrentado a cambios significativos en su ambiente como el embarazo de la madre, el nacimiento de un hermano, el traslado de ciudad o de casa, etc. Esto no significa que deba retrasarse la escolarización, pero si hay que tener presente que la adaptación puede presentar más dificultades de las habituales.

En cada caso concreto, la educadora os da pautas a seguir e información constante sobre la evolución de vuestro hijo. No obstante, a continuación ofrecemos unas orientaciones generales:

• Ir adaptando las horas de sueño, de alimentación y otras rutinas diarias al horario que permanecerá en el Centro.

• Ser respetuosos con la incorporación progresiva, aumentando poco a poco el número de horas de estancia en el Centro.

• Al llevar al niño al Centro procurad ir sin prisas ni nervios para que el niño vaya lo más tranquilo posible.

• No engañéis al niño, despediros y recordadle que iréis a buscarle más tarde.

• En los primeros días, el niño puede traer algún objeto al que tenga cierto apego para hacer más cómoda y agradable la adaptación al nuevo ambiente.

• Vuestra actitud tendrá que ser cariñosa y comprensiva pero firme. Si tenéis total convencimiento de que la escolarización es positiva, hacédselo saber y, ocurra lo que ocurra, traedle al “cole”. Si llora o utiliza otras estrategias, no entréis en explicaciones inútiles, comunicadle que irá al “cole” de todos modos. Si se diera el caso de que el niño lo pasara mal después de estar en su clase, la educadora se pondría en contacto con vosotros para recogerle antes de la hora prevista.

• En el momento en que la educadora reciba al niño no alarguéis la despedida.

• Debéis procurar que la asistencia sea continuada, a no ser por enfermedad u otra causa justificada. Conviene que el niño asista diariamente porque las ausencias dificultan la adaptación.

• El proceso de adaptación no siempre es constante, puede haber avances y retrocesos.

• El niño puede demostrar algunos cambios de estado de ánimo durante unos días, no le deis demasiada importancia y procurad no interrogarle sobre lo que ha hecho en el cole porque es una forma de hacerle rememorar la ansiedad que ha sentido al no saber si llegaríais a recogerle.

• No alberguéis expectativas respecto al proceso que seguirá el niño y no comparéis su proceso con el de hermanos, primos o hijos de amigos.

• Por último, aclaramos que hay un alto porcentaje de niños que asisten encantados desde el primer día y que no muestran comportamientos negativos. Esperamos que vuestro hijo se incluya dentro de este porcentaje y os agradecemos de corazón la confianza que depositáis en el Centro.










La edad de la oposición y las rabietas
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¿ES NORMAL QUE SE OPONGA A TODO Y TENGA RABIETAS?


Las rabietas son explosiones emocionales que incluyen un repertorio de llantos, gritos, pataletas y otras demostraciones emocionales de frustración o ira, que superan la capacidad del niño para controlarlas. Estos berrinches son comportamientos normales en el pequeño de uno a tres años aunque, en algunos casos, pueden aparecer antes del año de edad o persistir más allá de los tres años. Suelen aparecer como respuesta a una baja tolerancia a la frustración ante la espera para que sus demandas y deseos sean satisfechos, cuando no le permiten hacer lo que quiere, por incapacidad para controlar las emociones que siente y no comprende, como conflicto entre su búsqueda de autonomía y la dependencia física y emocional de los adultos, si tiene dificultad para expresar un deseo o necesidad, o bien por atraer la atención de las personas significativas.

Cuando la maduración general del niño le lleva a verse a sí mismo como un ser individual, separado de los padres, comienza a tomar conciencia de la propia identidad. La mayor independencia en los movimientos y en las acciones sobre el entorno le ayuda a descubrir que tiene voluntad propia y aumenta la capacidad de transmitir sus necesidades y anhelos. Surge una tendencia normal, natural e incluso deseable, a afirmar su independencia y el deseo de ejercer control sobre su entorno, lo que le lleva a decir “no” con frecuencia, utilizando la negación para manifestar su voluntad, ya que aún no dispone del vocabulario suficiente para expresar sus sentimientos.

En esta etapa del desarrollo del yo (ego), las conductas egocéntricas se generalizan. A través del negativismo (utilización del “no”) obtiene la satisfacción de poder modificar situaciones, consigue la atención en exclusiva de cuantos le rodean y suele oponerse a todo cambio o situación que le resulta poco atractiva.

Los berrinches, las rabietas y las conductas rebeldes en general, son frecuentes desde los quince meses y, aún siendo rasgos de conducta negativos, son necesarios para reafirmar la conciencia de sí mismo. La ausencia total de oposición podría indicar que el niño sigue considerándose prolongación de las personas de apego, retrasando su aprendizaje como ser individual con capacidades propias.

El niño vive en este período auténticos conflictos, sus comportamientos para reafirmar la conciencia de sí mismo reciben a menudo la desaprobación de los adultos. Los padres olvidan en muchas ocasiones que el mal comportamiento se debe a que el niño busca, a través de la experiencia, la orientación de lo que debe o no debe hacer, desea más que nada la atención en exclusiva de las personas que para él son importantes, o simplemente quiere constatar que tiene voluntad propia. Sin duda alguna, quién peor lo pasa durante la rabieta es el niño porque pierde totalmente el control, se asusta, y después teme perder el cariño de sus padres. Por eso, siempre deben mostrar su amor al pequeño después de un episodio de rabieta.

Es importante que los padres mantengan actitudes coherentes, unánimes y calmadas ante las primeras rabietas ya que de ello dependerá en gran parte el comportamiento del niño en el futuro. Necesitan comprender los motivos que desencadenan la explosión emocional y ser empáticos con el pequeño, es decir, ponerse en su lugar y tratar de comprender sus sentimientos y emociones.

¿Cómo prevenir o tratar las rabietas?

• Mantengan siempre la calma. Los comportamientos rebeldes son normales en esta edad, no suponen que sean malos padres y tampoco que lo sea el niño.

• Acondicionen la casa para disminuir el número de ocasiones diarias en las que deben prohibir que toque o coja un objeto.

• Eviten la ambivalencia al fijar normas y límites. El padre y la madre deben estar de acuerdo en lo que pueden permitir o no al niño y responder del mismo modo cuando surge la rabieta.

• Reaccionen de forma tranquila pero firme, sin ceder a sus caprichos. El niño aprende desde muy temprano a distinguir entre las negativas firmes (no se coge el cuchillo) y aquellas que puede cambiar con su intervención (no cojas el libro). Cuando observan la firmeza del primer ejemplo, las rabietas no suelen aparecer como respuesta.

• Distraigan su atención hacia un juguete o una actividad de su agrado, canten su canción favorita o jueguen a poner caras graciosas.

• Utilicen tonos de voz estimulantes cuando quieran que el niño haga o deje de hacer algo, que suene a sugerencia más que a una orden.

• Permitan que el niño haga pequeñas elecciones aceptables con frecuencia y ofrezcan alternativas siempre que sea posible, por ejemplo, sobre el cuento que le leen, el juguete que lleva al parque, etc. Sentirse independiente en algunas ocasiones le ayuda a aceptar reglas que son necesarias.

• Cuando ha sido inevitable impedir la rabieta, y esta tiene como objetivo obtener atención, la respuesta de los padres más efectiva para evitar reforzarla es ignorarla. Alejen al niño de cualquier objeto peligroso, sepárense unos pasos de él, continúen con lo que estaban haciendo y no hablen o utilicen un tono de voz neutral. Cuando la intensidad de la rabieta decae y es casi inapreciable, arropen al niño con todo su cariño. Asegúrense de que siente que le quieren, aunque no acepten su comportamiento, y le ayúdenle a recuperar el control.
• Las respuestas agresivas, verbales o físicas, además de no aportar soluciones, se convierten en modelo que el niño imitará para resolver conflictos.

Es normal que los comportamientos rebeldes sigan apareciendo mientras el niño tenga dependencia de los adultos. La dependencia va disminuyendo a medida que el niño avanza en madurez y autonomía, siempre que los padres se lo permitan. La sobreprotección, la disciplina estricta, el cansancio de los padres y del niño, la impaciencia o el mal humor, incrementan la posibilidad de que surjan rabietas.

Los conflictos internos del niño se agravan cuando encuentra incomprensión, juicios de valor hacia su persona, represión de sus sentimientos, etc. Con estos comportamientos, los padres pueden estar sembrando la semilla para que el niño albergue en el futuro sentimientos de culpa, inseguridad, baja autoestima y desorientación, que conducirán a intensificar los comportamientos desadaptados y le reportarán de nuevo más resultados negativos: una bola de nieve que crecerá impidiendo el normal desarrollo de las capacidades del pequeño y alterará la feliz convivencia familiar.

Las rabietas son comportamientos a los que los padres deben prestar atención, pero sin que lleguen a alterar su forma de interrelacionarnos emocionalmente con el niño porque podría agravar el problema y provocar su prevalencia a lo largo de toda la infancia.

Algunos pequeños despliegan conductas menos llamativas para expresar su rebeldía, utilizando las quejas constantes, los gritos y la irritación. Estos comportamientos necesitan que los padres los traten adecuadamente para no desembocar en otros más intensos. Deben recordar que los comportamientos expresivos, adquiridos durante los primeros años, comienzan a reflejar después personalidades individuales con actitudes específicas, preferencias marcadas y estilos de control propios, que van a caracterizar al niño durante toda su vida.














Problemas relacionales: manotazos, empujones y mordiscos
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¿QUÉ PODEMOS HACER CON LOS MANOTAZOS O LOS MORDISCOS?


Hay actitudes de un niño pequeño que preocupan con frecuencia a los padres y sienten inseguridad a la hora de decidir cómo reaccionar ante ellas. Sin duda, esto ocurre cuando, dentro de un grupo de juego con otros niños, comprueban como el pequeño ofrece un repertorio de gritos, empujones, manotazos, arañazos, tirones de pelo, patadas o mordiscos.

También es frecuente que el niño no despliegue estos comportamientos cuando se encuentra en el entorno familiar y sea el maestro quien informe a los padres sobre las conductas de agresión del pequeño.

Es normal que estas situaciones desorienten a los padres cuando ellos no han incitado al pequeño para que se comporte de forma agresiva, entonces, ¿Qué pueden hacer? Sobre todo, no buscar culpables. Ayudan poco al niño pensando que el maestro tal vez no haya cumplido correctamente con su trabajo y, al no controlar a los niños en el aula, se susciten actos violentos entre ellos. Tampoco es aconsejable dudar respecto a la conveniencia de escolarizar más tarde al niño. Es el momento de reflexionar y buscar soluciones conjuntas (familia-escuela) y no de buscar culpables fuera del hogar. Además, conviene comprender que, para el maestro, una de las tareas más ingratas de su trabajo es la de explicar a los padres que el niño, por ejemplo, ha mordido o ha recibido un mordisco de otro compañero.

Desde que el niño nace vive impulsos emocionales que, con el paso del tiempo, la maduración del sistema nervioso y el cuidado afectivo de los padres, etc., van modelando los vínculos afectivos y sus relaciones interpersonales. Como el entorno familiar supone el factor principal de la socialización del pequeño, es imprescindible que en este ambiente se sienta aceptado, comprendido, protegido y amado incondicionalmente. El hogar también es el lugar donde, a través de la imitación, el ensayo y error o las consecuencias de sus actos, desarrolla las actitudes y el comportamiento, incluidas las conductas agresivas.

Los padres exigentes, autoritarios y con actitudes hostiles en la familia, y los que constantemente amenazan, desaprueban, castigan y retan al niño, fomentan que imite el mismo comportamiento para resolver los conflictos que le surgen. También hay que destacar que los resultados son parecidos cuando el pequeño tiene padres excesivamente permisivos que le permiten hacer cuanto le place, convirtiéndose poco a poco en un pequeño tirano caprichoso o bien cuando los padres son demasiado sobreprotectores y le ofrecen de inmediato todo lo que desea de modo que no dispone de una mínima tolerancia ante las frustraciones que implica la relación con iguales.

Por otra parte, existen otros factores, como los orgánicos, que tienen influencia en las conductas agresivas: los problemas frecuentes de salud, una alimentación incorrecta, alteraciones del sistema hormonal o del nervioso (central y vegetativo), molestias de la dentición, etc.

Antes de que el niño acuda a un centro educativo los contactos con iguales suelen limitarse a unos ratitos en el parque, con hermanos o primos en las reuniones familiares o con los hijos de algunos conocidos. En estas ocasiones esporádicas siempre suele haber adultos que dirigen las relaciones. La verdadera interacción social diaria con iguales comienza en el momento de la escolarización. Acostumbrado a ser el centro de atención de su entorno, el niño no sabe compartir la atención del maestro o la posesión de juguetes, y pueden aparecer comportamientos más agresivos que en el entorno familiar.

El niño desea ser el centro de las atenciones, pero también desea relacionarse con iguales. Durante el primer año y medio aproximadamente, ante cualquier conflicto, llora para que el adulto lo resuelva. En este período de edad hay niños que muerden para aliviar las molestias de la dentición y en ocasiones para manifestar afecto, porque la boca está relacionada con las muestras de cariño. Desconocen que morder tenga consecuencias negativas hasta que los adultos se lo hacen entender. Los padres deben explicarle que los mordiscos y manotazos hacen daño, mostrando gestos de disgusto, y enseñarle el modo de dar besos y abrazos como muestra de afecto.

A partir de los dieciocho meses, el niño evoluciona en independencia e intenta resolver los conflictos relacionales solo. Sin embargo, su nivel de lenguaje aún es limitado y, cuando otros niños le quitan los juguetes, suele reaccionar de manera impulsiva y “violenta”, tirando del objeto o “vengándose” con un manotazo, un empujón, un arañazo o un mordisco. En algunos casos también reaccionan pidiendo ayuda al adulto o ignorando el problema, se dejan quitar el juguete. Las agresiones también pueden ser una estrategia que el pequeño utiliza para obtener atención, porque siente inseguridad, ansiedad o celos. Estas formas agresivas de relacionarse van desapareciendo al superar la etapa egocéntrica y con la evolución del lenguaje, porque el niño podrá manifestar verbalmente los deseos, los sentimientos y las emociones.

Los padres necesitan comprender los motivos por los cuales el niño pega, araña o muerde, pero eso no significa que permitan o fomenten este tipo de conductas. Deben decirle “no” con un tono firme de desaprobación, pero tranquilo, inmediatamente después de su acción. Excepto en el caso de que tengan la seguridad de que la motivación de la conducta está provocada por el deseo de obtener atención, le hacen saber que les disgusta el que haga daño a otro niño, obligándole a pedir perdón y a darle un beso. No le prestan atención extra por el comportamiento agresivo ya que lo repetirá siempre que desee atraer la atención.

Los cinco minutos siguientes al comportamiento no jueguen con el niño, no le cojan en brazos, ni permitan que esté junto al niño o adulto al que ha agredido. No hace falta gritar ni hacer aspavientos, se trata de que asocie su conducta negativa con el cese de actividad y de que se aburra por un rato viendo que los demás siguen con su actividad normal.

Está desaconsejado totalmente el azote, pegarle en la boca, morderle, castigarle en un cuarto cerrado, emitir juicios de valor personal, etc. Si el niño observa agresividad en los adultos imitará estas conductas, además no hay que olvidar que el objetivo es corregir su comportamiento, no el hacerle pasar un mal rato.

Muestren al niño cómo relacionarse con iguales jugando y compartiendo, y felicítenle siempre que tengan una conducta positiva con los demás. Con la comprensión, la paciencia y el apoyo de los padres y otros adultos del entorno afectivo, los problemas relacionales pronto desparecen.

La mejor forma de evitar las conductas agresivas es prevenir. Los padres afectivos que exteriorizan los sentimientos y emociones propias, que ayudan al niño a observar y comprender los sentimientos de los demás y le indican la forma correcta de resolver conflictos, le están ofreciendo la mejor base para una educación en valores y relaciones humanas.

* Este texto está incluído en el libro "Temas que preocupan a los padres sobre la educación de los niños", escrito por nuestra directora pedagógica y editado por Editorial de la infancia.



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